LA IGLESIA, según el Papa Francisco

11/ago/2013 | Por | Categoría: Destacados

El legado de la JMJ brasileña va más allá de una pastoral para jóvenes: el Papa ha dibujado el perfil de la Iglesia del siglo XXI

Todos nosotros tenemos la palabra. Podemos elegir entre las dos opciones. El Papa Francisco ya nos ha mostrado cuál es su elección. Desde el momento en que el Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio, fue elegido nuevo Papa el 13 de marzo del año en curso, no ha dejado de sorprendernos. Nos sorprendió el nombre de Francisco, y su modo de presentarse al público poniendo a toda la plaza de San Pedro en oración; nos sigue sorprendiendo su exquisita sencillez en su forma de vivir, con mil gestos, bien conocidos por todos. El peligro está en que nos acostumbremos a los gestos externos, –totalmente naturales y espontáneos para él– y no sepamos leer el significado y el hondo calado de los mismos.

Sería lamentable que los de dentro, los de casa, no cayéramos en la cuenta de este extraordinario «Kairós» o regalo de Dios para la Iglesia, y tuvieran que venir los de fuera a recordarlo. No hace mucho, la edición italiana de la revista internacional «Vanity Fair» ha decidido nombrar a Francisco «hombre del año-Papa valiente». También sorprenden las palabras del cantante pop Elton John: «El papa Francisco es para la Iglesia la mejor noticia desde varios siglos hasta hoy. Este hombre, él sólo, ha conseguido acercar de nuevo las gentes a las enseñanzas de Cristo. Francisco es un milagro de humildad en la era de la vanidad».

En la JMJ de Río el Papa nos ha sorprendido con gestos imprevisibles: portar su propio maletín con sus enseres de aseo y algún libro, esperar en la fila para subir al avión, convivir con los periodistas sin mayor protocolo, no usar el papamóvil blindado…Un taxista traducía este último dato diciendo: el Papa llega a Río «a pecho descubierto». Bien, podríamos seguir hilvanando gestos y anécdotas sin cuento; pero mi intención a través de estas reflexiones es otra. Yo quisiera ayudar a descubrir el significado profundo de este viaje. A mi modo de ver, nos ha dejado unas claves excepcionales para una profunda renovación de la Iglesia.

CENTRADA EN JESUCRISTO

Apenas pisó tierra «brasilera», como si tuviera prisa por presentar su programa, dijo: “No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo». El Papa es consciente de que, en la casa del Vaticano, sí que hay oro y plata. Pero, como Pablo, una vez que conoció a Jesucristo, lo consideró todo como «basura» (Fil. 3,7), él se siente totalmente libre de las ataduras del dinero, y se presenta ante el mundo como San Francisco, personalmente «desnudo» de cosas materiales y con capacidad de cuestionar la «pompa institucional» al estar revestido de la única riqueza, que es Jesucristo. (Ef.1,3).

Desde esta experiencia personal, Francisco anima a los jóvenes a encontrarse con Jesús, el único que puede satisfacer sus aspiraciones más profundas,«una verdad clara y de un genuino amor que los una por encima de cualquier diferencia». Invita a los jóvenes a la más apasionante aventura de esta vida: encontrarse personalmente con Jesús. Por eso es impensable una fe en Cristo «descafeinada»: «No licúen la fe en Jesucristo», dijo a los peregrinos argentinos. Tampoco hay que pensar en una fe circunstancial y para un rato. «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino» (Lc. 9,62).

CERCANA Y ACOGEDORA

El Papa es consciente de que muchos jóvenes –también personas mayores– se han alejado de la Iglesia. No es momento de analizar las causas. Propone «una pastoral de cercanía con todos». Él es un ejemplo vivo para todos. Sus palabras son cálidas, cercanas, abrazadoras. Así, la Iglesia que nos presenta el Papa no es una Iglesia fría, de despachos oficiales. La Iglesia debe acoger con afecto a toda persona que llame a su puerta, sin pedir su carnet de identidad. Todo encuentro con los hombres y mujeres es bueno y positivo porque me da la oportunidad de abrir las puertas del corazón. Los sacerdotes, antes de dar catequesis o sacramentos, deberían ser Sacramento de la ternura del Padre.

En la Misa con los obispos, sacerdotes, seminaristas y religiosas, el Papa les decía: «Estamos llamados a promover la cultura del encuentro». Esta cercanía es como «esa lluvia suave que cae poco a poco y empapa la tierra» (Is. 55, 10). Los jóvenes y los que han asistido a la JMJ de Río no se van a acordar de la lluvia y el frío que han tenido que soportar en la Playa de Copacabana, bautizada como «Playa de Dios». Lo que no van a olvidar son las palabras tiernas, delicadas, cariñosas, del Papa: «Habría querido llamar a cada puerta, decir ”buenos días”, pedir un vaso de agua fresca, tomar un ”cafezinho”, hablar como amigo de casa, escuchar el corazón de cada uno, de los padres, los hijos, los abuelos…».

JOVEN Y ALEGRE

Sabe que la Iglesia de Europa es una Iglesia vieja, cansada y, en palabras de Benedicto XVI, «una viña devastada». La mayoría de los que van a Misa es «gente mayor». Cuando el Papa se encuentra con un grupo numeroso de jóvenes cristianos, se enardece, y con palabras cargadas de emoción, exclama: «Veo en ustedes la belleza del rostro joven de Cristo, y mi corazón se llena de alegría». El Papa confía en los jóvenes y apuesta por ellos. Y lo hace de esta manera tan expresiva y tan bella: «Es común entre ustedes oír decir a los padres: ”Los hijos son la pupila de nuestros ojos” (…).¿Qué sería de nosotros si no cuidáramos nuestros ojos? ¿Cómo podríamos avanzar? Mi esperanza es que, en esta semana, cada uno de nosotros se deje interpelar por esta pregunta provocadora. La juventud es el ventanal por el que entra el futuro en el mundo».

Por otra parte, el Papa Francisco no quiere engañar a los jóvenes. A través de su larga vida pastoral, ha podido observar que la lejanía de Jesús es causa de tristeza y el encuentro con Jesús es fuente de alegría. Además, el Papa no quiere personas tristes en su Iglesia. A los propios Obispos les decía: «Un Obispo triste…¡qué feo!».

SENCILLA Y POBRE

Todos recordamos aquella exclamación espontánea del Papa en su primera reunión con los periodistas que habían cubierto el cónclave: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!». A lo largo de estos meses de su ministerio como Obispo de Roma, y muy especialmente en este viaje programático de la JMJ, ha ido poniendo acentos y señalando preferencias en el camino de esa meta evangélica: una Iglesia pobre, capaz de renunciar a pompas y vanidades; una Iglesia sencilla, mucho más parecida al retrato que nos ofrecen las páginas del Evangelio.

Muchos analistas consideran que, entre los pronunciamientos en Río, hay dos especialmente importantes para descubrir cuál es el proyecto de Iglesia que es necesario llevar a cabo: uno, el discurso al Comité de coordinación del CELAM; y el segundo, su discurso a los Obispos de Brasil.

Pues bien, en el encuentro del CELAM, no ha vacilado al afirmar que los Obispos son los primeros que tienen necesidad de conversión en este campo concreto de la sencillez y la pobreza, «hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan “psicología de príncipes”. Hombres que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra».

Y a todos los Obispos brasileños, el Papa Francisco les dijo: «A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente».

Sería ridículo pensar que sólo los Obispos necesitan, según la expresión de Jesús a Nicodemo, «volver a nacer» en estos espacios de la sencillez y la pobreza; la verdad es que esto nos afecta a todos. Necesitamos volver nuestros ojos a la «hermana pobreza» para poder vivir como hermanos en una sociedad cada vez más entregada al poder del dinero y de la opulencia.

LLENA DE TERNURA Y MISERICORDIA

Llama poderosamente la atención el hecho de que el Papa, en todos sus discursos de la JMJ, no se haya dedicado a condenar. Es verdad que en este mundo abundan las sombras del pecado y de la muerte. Pero ha preferido mirar a Cristo y arrojar una nueva luz sobre tanta oscuridad. «En la Cruz de Cristo está todo el amor de Dios, su inmensa misericordia. Y es un amor del que podemos fiarnos, en el que podemos creer». Naturalmente que el amor gratuito y perdonador de Dios, especialmente manifestado en la Cruz de Cristo, lleva consigo unas consecuencias: «El amor nos enseña así a mirar siempre al otro con misericordia y amor; pero la Cruz nos invita también a dejarnos contagiar por este sobre todo a quien sufre».

Esta ternura y misericordia no sólo lo ha expresado el Papa con sus palabras, sino también con sus gestos: el papa de los pobres ha estado en el epicentro de la pobreza, en la favela de «La Rocinha», oliendo la miseria, palpando la pobreza. Con el corazón de padre y pastor roto, se ha instalado en las periferias. Aquí donde se mastica la indignidad fruto de la injusticia.

Se le ha llamado el «Papa de los abrazos». Ha abrazado a todos sin discriminación. Pero ha tenido preferencia por los niños, los reclusos, los drogadictos, los enfermos. Lo mismo que Jesús, que, amando a todos, tuvo una especial preferencia por los marginados y excluidos. En ocasiones, hemos visto a otros Papas bendecir a las mujeres que iban a dar a luz. «Bendecían la vida». Pero el Papa Francisco, en un gesto insólito y lleno de exquisita ternura, ha puesto su mano en el vientre de una embarazada. El Papa Francisco no sólo bendice sino que «acaricia la vida».

MISIONERA

Sabe que la Iglesia de Jesús se ha quedado vieja y necesita una profunda renovación. Sin querer culpabilizar a nadie, el Papa es consciente de que la Iglesia «no puede seguir así». Podríamos decir que el hilo conductor de todos sus discursos es la «evangelización». El Papa recoge el grito de Pablo, el evangelizador por antonomasia: «!Ay de mí si no evangelizo!». La evangelización es «su carnet de identidad». Lo dice de mil maneras: «La Iglesia no puede quedarse mirándose el ombligo». «No hay que balconear», sino «callejear». «Hay que hacer lío». «Hay que ser revolucionarios». En el mejor sentido, como lo fue Jesús.

EL RETO DEL SANTO PADRE PLANTEADO EN TRES IDEAS

1.- VAYAN

Sus últimas palabras, en la homilía de despedida de la JMJ, fueron éstas: «Vayan, sin miedo, para servir». El Papa Francisco nos ha repetido una y mil veces que tenemos que salir, que la misma Virgen nos empuja a salir. Los cristianos hemos confundido lamentablemente el verbo «venir» con el verbo «ir». Nosotros decimos: «¡Que vengan!». Que vengan a Misa porque para eso hemos tocado las campanas. Que vengan a inscribirse si quieren bautizar a sus hijos. Que vengan a dar su nombre si desean confirmarse. Que vengan a la oficina para arreglar los papeles para el Matrimonio. Y a los que ya no pueden venir porque se han muerto, ¡que nos lo traigan!… La palabra evangélica, repetida hasta la saciedad por Francisco es «id»: «Vayan ustedes a la viña».

2.- SIN MIEDO

Evangelizar en nuestro tiempo, especialmente en Europa, es una misión difícil. El miedo puede ser el compañero de camino. El Papa nos pide que dejemos los miedos: como dejó el miedo Moisés ante el faraón… Como dejó el miedo Jeremías, que era un niño. Como dejó el miedo María ante lo que se le venía encima. Todos quitaron el miedo cuando se convencieron que no iban solos, que «Dios estaba con ellos». «Yo estoy contigo». Es la consigna de Dios a todo misionero. Por otra parte, nos dice el Papa Francisco: «Jesús no ha dicho: “Ve”, sino “Vayan”: somos enviados juntos». «Queridos jóvenes, sientan la compañía de toda la Iglesia», les dijo en Copacabana.

3.- PARA SERVIR

Es una bonita palabra. Es la clave para acertar en la vida. Nadie puede ser feliz en el egoísmo, encerrándose en sí mismo. En el Papa Francisco esta palabra se convierte en espléndida realidad. Por eso está siempre alegre. Sus palabras al llegar a su casa de Roma fueron éstas: «Cansado pero contento».

¿Y ahora qué?

Las palabras del arzobispo de Río antes de la última Misa nos sirven de pauta para responder a esta pregunta: «No es una celebración de despedida, sino una celebración de envío». Sinceramente creo que, a partir de esta JMJ, en la Iglesia hay un antes y un después. El Papa nos ha marcado un camino para la Iglesia del siglo XXI. Pero ese camino lo tenemos que recorrer todos y cada uno de nosotros en nuestros respectivos puestos de trabajo. Como Obispo, creo que nos deberíamos reunir en las diócesis con ese rico material y preparar juntos (sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos), a la luz del perfil de Iglesia que nos ha marcado, nuestros «proyectos pastorales» para el próximo curso y para los años posteriores. (de larazon.es)

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