La Trinidad, marco del Catecismo por Ramiro Pellitero

14/sep/2012 | Por | Categoría: Opinión

1. Pues bien, el Catecismo de la Iglesia Católica puede verse como “Catecismo del Concilio Vaticano II”. El Catecismo fue pedido por el Sínodo de 1985 al celebrarse el vigésimo aniversario del Concilio; es fiel a los documentos del Vaticano II y se inscribe entre los textos de aplicación y correcta interpretación del Concilio. Por eso es lógico que siga los mismos cauces del Concilio Vaticano II para explicar la fe cristiana: el marco de la Trinidad, el Misterio de Cristo como centro, la proyección eclesiológica y el acento antropológico. Se trata de cuatro “autopistas”, o quizá mejor cuatro dimensiones o aspectos que atraviesan el Catecismo en sus diversas partes. Comencemos por el marco de la Trinidad.

2. La estructura del Catecismo es, en su conjunto, profundamente trinitaria. El marco de la Trinidad se dibuja ya en el punto primero del Compendio, al explicar el designio de Dios para el hombre: “Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. En la plenitud de los tiempos, Dios Padre envió a su Hijo como Redentor y Salvador de los hombres caídos en el pecado, convocándolos en su Iglesia, y haciéndolos hijos suyos de adopción por obra del Espíritu Santo y herederos de su eterna bienaventuranza”.

Fiel a su metodología pedagógica o catequética, el Catecismo subraya que Dios se revela plena y definitivamente como amor: “Al mandar a su Hijo y al Espíritu Santo, Dios revela que Él mismo es eterna comunicación de amor (Comp. 42).

Ese amor, que es su propia vida intratrinitaria, el Padre lo revela y entrega al mundo por medio del envío o “misión” del Hijo y del Espíritu Santo. Estas dos personas trinitarias son enviadas por el Padre a la historia y a la humanidad, con el fin de abrir, para cada persona humana, un cauce insospechado de participación en la vida divina.

La “misión conjunta” del Hijo y del Espíritu Santo, desde el Padre

3. El Catecismo habla de la misión conjunta del Hijo y del Espíritu (cf. n. 689). Y el Compendio explica que “la misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables”, pues es el Espíritu Santo el que nos revela a Cristo y nos une a Él (cf. Comp., n. 137). La “misión conjunta” del Hijo y del Espíritu Santo se sigue realizando en la Iglesia, familia de Dios en el mundo, para hacer llegar a la humanidad la gracia redentora.

¿Cuándo comienza a existir esa misión doble o conjunta del Hijo y del Espíritu Santo desde el Padre? Desde el principio de los tiempos (la creación del mundo) esa misión del Hijo y del Espíritu (su Palabra y su “aliento”) está activa. Pero no se hace “visible” hasta la encarnación del Verbo. El mismo nombre de Cristo (transliteración del griego) o Mesías (del hebreo) quiere decir “ungido” por el Padre con el Espíritu Santo. Jesús no sólo promete el envío del Espíritu Santo, sino que, ante todo, Jesús “posee” el Espíritu desde el primer momento de su concepción en María.

El Evangelio según San Lucas destaca que el Espíritu está siempre con Jesús: le impulsa y le acompaña con su poder en la oración, en la predicación y en los milagros, y también en la resurrección. Así dice el Compendio: “Toda la vida y la misión de Jesús se desarrollan en una total comunión con el Espíritu Santo” (Comp., 265). El Evangelio según San Juan subraya la promesa del envío del Espíritu por parte del Padre y del Hijo (cf. Jn 16, 7 ss; 20, 22).

El día de Pentecostés el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos para continuar en el mundo su función de unificación amorosa que tiene ya en la vida intratrinitaria. En Pentecostés, dice el Compendio, “la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria” (Comp., n. 144).

Conviene notar que esta presencia de Cristo y del Espíritu Santo, enviados por Dios Padre al mundo, como “energías” que dan la vida a la Iglesia, y a cada cristiano en ella, es una de las claves más importantes del Catecismo. Y es así porque es la explicación última de la “eficacia” tanto de la evangelización como de la santidad y del apostolado en la vida personal de cada cristiano; y también, gracias a la acción de Cristo y del Espíritu Santo los cristianos pueden colaborar en la transformación del mundo, que será nueva y definitiva más allá de la historia por pura obra de Dios.

“Redescubrimiento” del Espíritu Santo

4. La presencia de la Trinidad, transversalmente en las cuatro partes de la estructura del Catecismo, se declara explícita y sintéticamente en el texto, al explicar cómo se da la relación entre Cristo y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia:

“El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den ‘el fruto del Espíritu’(Ga 5, 22)” [primera parte]. “Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo [segunda parte], y la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu [tercera parte]. El Espíritu Santo, finalmente, es el Maestro de la oración” [cuarta parte].

5. Si el Espíritu Santo ha sido, en los últimos siglos para los occidentales, “el Gran Desconocido”, no lo es, desde luego para el Catecismo, que recoge la inspiración y la fuerza vital de Oriente, junto con el “redescubrimiento” del Espíritu Santo a partir del Concilio Vaticano II, con más intensidad desde los años ochenta del último siglo.

Baste recordar el libro de Y. Congar sobre “El Espíritu Santo” (Barcelona 1983), la encíclica de Juan Pablo II “Dominum et vivificantem” (Señor y dador de vida), de 1986, y el sugerente estudio del Comité para el Jubileo del año 2000, “El Espíritu del Señor”.

Cristo mandó bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La vida cristiana es participación de la vida trinitaria. Y el Catecismo, como también hace el Credo, explica la fe cristiana como fe en Dios uno y trino.

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