FAMILIAS: VII Encuentro Mundial de las Familias Milán 2012

8/Feb/2012 | Por | Categoría: Familia

Carta de Benedicto XVI para convocar el VII Encuentro Mundial de Familias y el Discurso del Papa a la Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia en el que hace referencia al próximo Encuentro en Milán.

La urgente y necesaria misión para llevar a cabo una nueva evangelización en la Iglesia constituye una de las principales tareas que el Santo Padre está pidiendo a todos los cristianos. Prueba de ello es la convocatoria de la próxima Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización en octubre de 2012 y el anuncio del próximo Año de la Fe.

Siguiendo el camino abierto por la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, el Papa afirma en el Discurso citado que la nueva evangelización y la superación del eclipse de Dios están intrínsecamente relacionados con la familia que es el camino de la Iglesia.

Dada la trascendencia que tiene la familia para la Iglesia y la sociedad, es necesario que participemos, apoyemos con nuestra oración e impulsemos el próximo Encuentro Mundial de las Familias que tendrá lugar en Milán desde el día 30 de mayo hasta el 3 de junio.

Todavía permanece vivo el recuerdo de esa gran «cascada de luz», tal y como la definió Benedicto XVI, que supuso la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Este gran acontecimiento de gracia nos anima a promover la peregrinación a Milán con la seguridad de que el Espíritu Santo será el protagonista de una renovación en nuestras familias e impulsará un gran y necesario testimonio ante el mundo de la belleza y grandeza de la familia edificada en Cristo.

CARTA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI AL PRESIDENTE DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA 
con Vistas al VII Encuentro Mundial de las Familias

«Venerado hermano 
cardenal Ennio Antonelli
Presidente del Consejo pontificio para la familia:

Al concluir el VI Encuentro mundial de las familias, que se celebró en Ciudad de México en enero de 2009, anuncié que la cita sucesiva de las familias católicas de todo el mundo con el Sucesor de Pedro iba a tener lugar en Milán, en 2012, sobre el tema «La familia: el trabajo y la fiesta». Deseando ahora comenzar la preparación de tan importante acontecimiento, me alegra precisar que, si Dios quiere, se celebrará del 30 de mayo al 3 de junio y, al mismo tiempo, dar algunas indicaciones más detalladas respecto a la temática y a las modalidades de realización.

El trabajo y la fiesta están íntimamente relacionados con la vida de las familias: condicionan sus elecciones, influyen en las relaciones entre los cónyuges y entre padres e hijos, inciden en la relación de la familia con la sociedad y con la Iglesia. La Sagrada Escritura (cf. Gn 1-2) nos dice que familia, trabajo y día festivo son dones y bendiciones de Dios para ayudarnos a vivir una existencia plenamente humana. La experiencia cotidiana demuestra que el desarrollo auténtico de la persona comprende tanto la dimensión individual, familiar y comunitaria, como las actividades y las relaciones funcionales, al igual que la apertura a la esperanza y al Bien sin límites.

En nuestros días, lamentablemente, la organización del trabajo, pensada y realizada en función de la competencia de mercado y del máximo beneficio, y la concepción de la fiesta como ocasión de evasión y de consumo, contribuyen a disgregar la familia y la comunidad, y a difundir un estilo de vida individualista. Por tanto, es preciso promover una reflexión y un compromiso encaminados a conciliar las exigencias y los tiempos del trabajo con los de la familia y a recuperar el verdadero sentido de la fiesta, especialmente del domingo, pascua semanal, día del Señor y día del hombre, día de la familia, de la comunidad y de la solidaridad.

El próximo Encuentro mundial de las familias constituye una ocasión privilegiada para repensar el trabajo y la fiesta en la perspectiva de una familia unida y abierta a la vida, bien insertada en la sociedad y en la Iglesia, atenta a la calidad de las relaciones además que a la economía del núcleo familiar. El acontecimiento, para que sea realmente provechoso, no debería quedar aislado, sino colocarse dentro de un itinerario adecuado de preparación eclesial y cultural. Por tanto, deseo que ya durante el año 2011, XXX aniversario de la exhortación apostólica Familiaris consortio, «carta magna» de la pastoral familiar, se pueda emprender un itinerario eficaz con iniciativas de ámbito parroquial, diocesano y nacional, que pongan de manifiesto experiencias de trabajo y de fiesta en sus aspectos más verdaderos y positivos, considerando especialmente la incidencia sobre la vida concreta de las familias. Por esto, que las familias cristianas y comunidades eclesiales de todo el mundo se sientan interpeladas y partíci
pes, y se pongan solícitamente en camino hacia «Milán 2012».

El VII Encuentro mundial tendrá, como los anteriores, una duración de cinco días y culminará el sábado por la noche con la «Fiesta de los testimonios» y el domingo por la mañana con la misa solemne. Estas dos celebraciones, que yo mismo presidiré, nos verán a todos reunidos como «familia de familias». Se cuidará el desarrollo de todo el acontecimiento a fin de armonizar perfectamente las distintas dimensiones: oración comunitaria, reflexión teológica y pastoral, momentos de fraternidad y de intercambio entre las familias invitadas con las del territorio, resonancia mediática.

Que el Señor recompense desde ahora, con abundantes favores celestiales, a la archidiócesis ambrosiana por la generosa disponibilidad y el empeño organizativo puesto al servicio de la Iglesia universal y de las familias pertenecientes a numerosas naciones.

Mientras invoco la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, aplicada en el trabajo cotidiano y asidua de las celebraciones festivas de su pueblo, le imparto de corazón a usted, venerado hermano, y a sus colaboradores, la bendición apostólica, que, con afecto especial, extiendo de buen grado a todas las familias que participan en la preparación del gran Encuentro de Milán.

Castelgandolfo, 23 de agosto de 2010

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIRICIO PARA LA FAMILIA
(Sala Clementina,
jueves 1 de diciembre de 2011)

Señores cardenales, 
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, 
queridos hermanos y hermanas:

Me alegra acogeros con ocasión de la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la familia, al conmemorarse un doble trigésimo aniversario: el de la Exhortación apostólica Familiaris consortio, publicada el 22 de noviembre de 1981 por el beato Juan Pablo II, y el del dicasterio mismo, instituido por él el 9 de mayo precedente con el Motu proprio Familia a Deo instituta, como signo de la importancia que se debe atribuir a la pastoral familiar en el mundo y, al mismo tiempo, instrumento eficaz para ayudar a promoverla en todos los niveles (cf. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 73). Saludo cordialmente al cardenal Ennio Antonelli, agradeciéndole las palabras con que ha introducido nuestro encuentro, así como al monseñor secretario, a los demás colaboradores y a todos vosotros, aquí reunidos.

La nueva evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica (cf. ib., 65). En nuestro tiempo, como ya sucedió en épocas pasadas, el eclipse de Dios, la difusión de ideologías contrarias a la familia y la degradación de la ética sexual, están vinculados entre sí. Y del mismo modo que están en relación el eclipse de Dios y la crisis de la familia, así la nueva evangelización es inseparable de la familia cristiana. De hecho, la familia es el camino de la Iglesia porque es «espacio humano» del encuentro con Cristo. Los cónyuges, «no sólo reciben el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad salvada, sino que están también llamados a transmitir a los hermanos el mismo amor de Cristo, llegando a ser así comunidad salvadora» (ib., 49). La familia fundada en el sacramento del Matrimonio es actuación particular de la Iglesia, comunidad salvada y salvadora, evangelizada y evangelizadora. Como la Iglesia, está llamada a acoger, irradiar y manifestar en el mundo el amor y la presencia de Cristo. La acogida y la transmisión del amor divino se realizan en la entrega mutua de los cónyuges, en la procreación generosa y responsable, en el cuidado y en la educación de los hijos, en el trabajo y en las relaciones sociales, en la atención a los necesitados, en la participación en las actividades eclesiales y en el compromiso civil. La familia cristiana, en la medida en que, a través de un camino de conversión permanente sostenido por la gracia de Dios, logra vivir el amor como comunión y servicio, como don recíproco y apertura hacia todos, refleja en el mundo el esplendor de Cristo y la belleza de la Trinidad divina. San Agustín tiene una célebre frase: «Immo vero vides Trinitatem, si caritatem vides», «Pues bien, ves la Trinidad, si ves la caridad» (De Trinitate, VIII, 8). Y la familia es uno de los lugares fundamentales en donde se vive y se educa en el amor, en la caridad.

Siguiendo la línea de mis predecesores, también yo he exhortado muchas veces a los esposos cristianos a evangelizar tanto con el testimonio de la vida como con la participación en las actividades pastorales. Lo hice también recientemente, en Ancona, con ocasión de la clausura del Congreso eucarístico nacional italiano. Allí me reuní con los cónyuges juntamente con los sacerdotes. En efecto, los dos sacramentos llamados «del servicio de la comunión» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1211), el Orden sagrado y el Matrimonio, se deben reconducir a la única fuente eucarística. «Los dos estados de vida tienen, en efecto, en el amor de Cristo —que se da a sí mismo para la salvación de la humanidad—, la misma raíz; están llamados a una misión común: la de testimoniar y hacer presente este amor al servicio de la comunidad, para la edificación del pueblo de Dios. Esta perspectiva permite ante todo superar una visión reductiva de la familia, que la considera como mera destinataria de la acción pastoral. (…) La familia es riqueza para los esposos, bien insustituible para los hijos, fundamento indispensable de la sociedad, comunidad vital para el camino de la Iglesia» (Discurso a los sacerdotes y a las familias, 11 de septiembre de 2011: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de septiembre de 2011, p. 8). En virtud de esto «la familia es lugar privilegiado de educación humana y cristiana, y permanece, por esta finalidad, como la mejor aliada del ministerio sacerdotal. (…) Ninguna vocación es una cuestión privada; tampoco aquella al matrimonio, porque su horizonte es la Iglesia entera» (ib.).
Hay ámbitos en los que es particularmente urgente el protagonismo de las familias cristianas en colaboración con los sacerdotes y bajo la guía de los obispos: la educación de niños, adolescentes y jóvenes en el amor, entendido como don de sí y comunión; la preparación de los novios para la vida matrimonial con un itinerario de fe; la formación de los cónyuges, especialmente de las parejas jóvenes; las experiencias asociativas con finalidades caritativas, educativas y de compromiso civil; la pastoral de las familias para las familias, dirigida a todo el arco de la vida, valorizando el tiempo del trabajo y el de la fiesta.

Queridos amigos, nos estamos preparando para el VII Encuentro mundial de las familias, que tendrá lugar en Milán del 30 de mayo al 3 de junio de 2012. Para mí y para todos nosotros será una gran alegría encontrarnos juntos, orar y hacer fiesta con las familias llegadas de todo el mundo, acompañadas por sus pastores. Agradezco a la Iglesia Ambrosiana el gran empeño puesto hasta ahora y el de los próximos meses. Invito a las familias de Milán y de Lombardía a abrir las puertas de sus casas para acoger a los peregrinos que llegarán de todo el mundo. En la hospitalidad experimentarán alegría y entusiasmo: es hermoso conocerse y entablar amistad, narrarse la vivencia de familia y la experiencia de fe vinculada a ella. En mi carta de convocatoria para el Encuentro de Milán pedí «un itinerario adecuado de preparación eclesial y cultural» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de octubre de 2010, p. 5), para que ese acontecimiento dé frutos e implique concretamente

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