VIA CRUCIS CON LOS JÓVENES EN CIBELES-RECOLETOS

20/Dic/2011 | Por | Categoría: JMJ 2011

Queridos jóvenes:
Con piedad y fervor hemos celebrado este Vía Crucis,
acompañando a Cristo en su Pasión y Muerte. Los
comentarios de las Hermanitas de la Cruz, que sirven a
los más pobres y menesterosos, nos han facilitado
adentrarnos en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo,
que contiene la verdadera sabiduría de Dios, la que
juzga al mundo y a los que se creen sabios (cf. 1 Co
1,17-19). También nos ha ayudado en este itinerario
hacia el Calvario la contemplación de estas extraordinarias
imágenes del patrimonio religioso de las diócesis
españolas. Son imágenes donde la fe y el arte se armonizan
para llegar al corazón del hombre e invitarle a la
conversión. Cuando la mirada de la fe es limpia y auténtica,
la belleza se pone a su servicio y es capaz de representar
los misterios de nuestra salvación hasta conmovernos
profundamente y transformar nuestro corazón,
como sucedió a Santa Teresa de Jesús al contemplar
una imagen de Cristo muy llagado (cf. Libro de
la vida, 9,1).
Mientras avanzábamos con Jesús, hasta llegar a la
cima de su entrega en el Calvario, nos venían a la mente
las palabras de san Pablo: «Cristo me amó y se entregó
por mí» (Gál 2,20). Ante un amor tan desinteresado,
llenos de estupor y gratitud, nos preguntamos ahora:
¿Qué haremos nosotros por él? ¿Qué respuesta le
daremos? San Juan lo dice claramente: «En esto hemos
conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros.
También nosotros debemos dar nuestra vida por los
hermanos» (1 Jn 3,16). La pasión de Cristo nos impulsa
a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del
mundo, con la certeza de que Dios no es alguien distante
o lejano del hombre y sus vicisitudes. Al contrario, se
hizo uno de nosotros «para poder compadecer Él mismo
con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre…
Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que
comparte el sufrir y padecer; de ahí se difunde en cada
sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado
de Dios y así aparece la estrella de la esperanza»
(Spe salvi, 39).
Queridos jóvenes, que el amor de Cristo por nosotros
aumente vuestra alegría y os aliente a estar cerca
de los menos favorecidos. Vosotros, que sois muy sensibles
a la idea de compartir la vida con los demás, no
paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios
os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros
mismos: vuestra capacidad de amar y de compadecer.
Las diversas formas de sufrimiento que, a lo largo del
Vía Crucis, han desfilado ante nuestros ojos son llamadas
del Señor para edificar nuestras vidas siguiendo sus
huellas y hacer de nosotros signos de su consuelo y
salvación. «Sufrir con el otro, por los otros, sufrir por
amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del
amor y con el fin de convertirse en una persona que
ama realmente, son elementos fundamentales de la
humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo»
(ibid.).
Que sepamos acoger estas lecciones y llevarlas a la
práctica. Miremos para ello a Cristo, colgado en el áspero
madero, y pidámosle que nos enseñe esta sabiduría
misteriosa de la cruz, gracias a la cual el hombre vive.
La cruz no fue el desenlace de un fracaso, sino el modo
de expresar la entrega amorosa que llega hasta la donación
más inmensa de la propia vida. El Padre quiso
amar a los hombres en el abrazo de su Hijo crucificado
por amor. La cruz en su forma y significado representa
ese amor del Padre y de Cristo a los hombres. En ella
reconocemos el icono del amor supremo, en donde
aprendemos a amar lo que Dios ama y como Él lo hace:
esta es la Buena Noticia que devuelve la esperanza al
mundo.
Volvamos ahora nuestros ojos a la Virgen María, que
en el Calvario nos fue entregada como Madre, y supliquémosle
que nos sostenga con su amorosa protección
en el camino de la vida, en particular cuando pasemos
por la noche del dolor, para que alcancemos a mantenernos
como Ella firmes al pie de la cruz. Muchas gracias.

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