SANTA MISA EN CUATRO VIENTOS domingo 21 agosto 2011

29/Dic/2011 | Por | Categoría: JMJ 2011

AL INICIO DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
«Queridos jóvenes:
He pensado mucho en vosotros en estas horas que
no nos hemos visto. Espero que hayáis podido dormir
un poco, a pesar de las inclemencias del tiempo. Seguro
que en esta madrugada habréis levantado los ojos al
cielo más de una vez, y no sólo los ojos, también el
corazón, y esto os habrá permitido rezar. Dios saca
bienes de todo. Con esta confianza, y sabiendo que el
Señor nunca nos abandona, comenzamos nuestra celebración
eucarística llenos de entusiasmo y firmes en la
fe».
HOMILÍA
«Queridos jóvenes:
Con la celebración de la Eucaristía llegamos al momento
culminante de esta Jornada Mundial de la Juventud.
Al veros aquí, venidos en gran número de todas
partes, mi corazón se llena de gozo pensando en el
afecto especial con el que Jesús os mira. Sí, el Señor os
quiere y os llama amigos suyos (cf. Jn 15,15). Él viene a
vuestro encuentro y desea acompañaros en vuestro
camino, para abriros las puertas de una vida plena, y
haceros partícipes de su relación íntima con el Padre.
Nosotros, por nuestra parte, conscientes de la grandeza
de su amor, deseamos corresponder con toda generosidad
a esta muestra de predilección con el propósito de
compartir también con los demás la alegría que hemos
recibido. Ciertamente, son muchos en la actualidad los
que se sienten atraídos por la figura de Cristo y desean
conocerlo mejor. Perciben que Él es la respuesta a muchas
de sus inquietudes personales. Pero, ¿quién es Él
realmente? ¿Cómo es posible que alguien que ha vivido
sobre la tierra hace tantos años tenga algo que ver
conmigo hoy?
En el evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16,
13-20), vemos representados como dos modos distintos
de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento
externo, caracterizado por la opinión corriente.
A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el
Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que
Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o
uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo
como un personaje religioso más de los ya conocidos.
Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos,
Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión
de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La
fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos,
y es capaz de captar el misterio de la persona de
Cristo en su profundidad.
Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su
razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón,
hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la
carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos
». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos
desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma
vida divina. La fe no proporciona solo alguna información
sobre la identidad de Cristo, sino que supone
una relación personal con Él, la adhesión de toda la
persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a
la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la
pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a
tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento
de Cristo están estrechamente relacionados.
Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que
consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura,
a medida que se intensifica y fortalece la relación con
Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás
apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta
que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los
ojos a una fe plena.
Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros
con la misma pregunta que hizo a los apóstoles:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle
con generosidad y valentía, como corresponde a un
corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé
que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí.
Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu
palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y
pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la
fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.
En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús
habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres
Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué
significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca
de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí,
la Iglesia no es una simple institución humana, como
otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a
Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia.
No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no
se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1 Co 12,12).
La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está
presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.
Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de
Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha
transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo
de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme
también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es
caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede
seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación
de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad
individualista, que predomina en la sociedad, corre el
riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar
siguiendo una imagen falsa de Él.
Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y
que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os
pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha
engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer
mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de
su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con
Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra
gozosa inserción en las parroquias, comunidades y
movimientos, así como la participación en la Eucaristía
de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento
del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la
Palabra de Dios.
De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso
que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos
ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia.
No se puede encontrar a Cristo y no darlo a
conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo
para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría
de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de
vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que
vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco
continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad
del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y
proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15).
También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea
de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras
y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a
cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la
posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir
por las falsas promesas de un estilo de vida sin
Dios.
Queridos jóvenes, rezo por vosotros con todo el
afecto de mi corazón. Os encomiendo a la Virgen María,
para que ella os acompañe siempre con su intercesión
maternal y os enseñe la fidelidad a la Palabra de Dios.
Os pido también que recéis por el Papa, para que, como
Sucesor de Pedro, pueda seguir confirmando a sus
hermanos en la fe. Que todos en la Iglesia, pastores y
fieles, nos acerquemos cada día más al Señor, para que
crezcamos en santidad de vida y demos así un testimonio
eficaz de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo
de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente
viva de su esperanza.Amén»

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