SANTA MISA CON LOS SEMINARISTAS EN LA CATEDRAL DE LA ALMUDENA

22/Dic/2011 | Por | Categoría: JMJ 2011

Señor Cardenal Arzobispo de Madrid, Venerados
hermanos en el Episcopado, Queridos sacerdotes y
religiosos, Queridos rectores y formadores, Queridos
seminaristas, Amigos todos:
Me alegra profundamente celebrar la Santa Misa con
todos vosotros, que aspiráis a ser sacerdotes de Cristo
para el servicio de la Iglesia y de los hombres, y agradezco
las amables palabras de saludo con que me habéis
acogido. Esta Santa Iglesia Catedral de Santa María
La Real de la Almudena es hoy como un inmenso cenáculo
donde el Señor celebra con deseo ardiente su
Pascua con quienes un día anheláis presidir en su nombre
los misterios de la salvación. Al veros, compruebo
de nuevo cómo Cristo sigue llamando a jóvenes discípulos
para hacerlos apóstoles suyos, permaneciendo así
viva la misión de la Iglesia y la oferta del evangelio al
mundo. Como seminaristas, estáis en camino hacia una
meta santa: ser prolongadores de la misión que Cristo
recibió del Padre. Llamados por Él, habéis seguido su
voz y atraídos por su mirada amorosa avanzáis hacia el
ministerio sagrado. Poned vuestros ojos en Él, que por
su encarnación es el revelador supremo de Dios al
mundo y por su resurrección es el cumplidor fiel de su
promesa. Dadle gracias por esta muestra de predilección
que tiene con cada uno de vosotros.
La primera lectura que hemos escuchado nos muestra
a Cristo como el nuevo y definitivo sacerdote, que
hizo de su existencia una ofrenda total. La antífona del
salmo se le puede aplicar perfectamente, cuando, al
entrar en el mundo, dirigiéndose a su Padre, dijo: “Aquí
estoy para hacer tu voluntad” (cf. Sal 39, 8-9). En todo
buscaba agradarle: al hablar y al actuar, recorriendo los
caminos o acogiendo a los pecadores. Su vivir fue un
servicio y su desvivirse una intercesión perenne, poniéndose
en nombre de todos ante el Padre como Primogénito
de muchos hermanos. El autor de la carta a
los Hebreos afirma que con esa entrega perfeccionó
para siempre a los que estábamos llamados a compartir
su filiación (cf. Heb 10,14).
La Eucaristía, de cuya institución nos habla el evangelio
proclamado (cf. Lc 22,14-20), es la expresión real
de esa entrega incondicional de Jesús por todos, también
por los que le traicionaban. Entrega de su cuerpo y
sangre para la vida de los hombres y para el perdón de
sus pecados. La sangre, signo de la vida, nos fue dada
por Dios como alianza, a fin de que podamos poner la
fuerza de su vida, allí donde reina la muerte a causa de
nuestro pecado, y así destruirlo. El cuerpo desgarrado y
la sangre vertida de Cristo, es decir su libertad entregada,
se han convertido por los signos eucarísticos en la
nueva fuente de la libertad redimida de los hombres. En
Él tenemos la promesa de una redención definitiva y la
esperanza cierta de los bienes futuros. Por Cristo sabemos
que no somos caminantes hacia el abismo, hacia el
silencio de la nada o de la muerte, sino viajeros hacia
una tierra de promisión, hacia Él que es nuestra meta y
también nuestro principio.
Queridos amigos, os preparáis para ser apóstoles
con Cristo y como Cristo, para ser compañeros de viaje
y servidores de los hombres. ¿Cómo vivir estos años de
preparación? Ante todo, deben ser años de silencio
interior, de permanente oración, de constante estudio y
de inserción paulatina en las acciones y estructuras
pastorales de la Iglesia. Iglesia que es comunidad e
institución, familia y misión, creación de Cristo por su
Santo Espíritu y a la vez resultado de quienes la conformamos
con nuestra santidad y con nuestros pecados.
Así lo ha querido Dios, que no tiene reparo en hacer de
pobres y pecadores sus amigos e instrumentos para la
redención del género humano. La santidad de la Iglesia
es ante todo la santidad objetiva de la misma persona
de Cristo, de su evangelio y de sus sacramentos, la
santidad de aquella fuerza de lo alto que la anima e
impulsa. Nosotros debemos ser santos para no crear
una contradicción entre el signo que somos y la realidad
que queremos significar.
Meditad bien este misterio de la Iglesia, viviendo los
años de vuestra formación con profunda alegría, en
actitud de docilidad, de lucidez y de radical fidelidad
evangélica, así como en amorosa relación con el tiempo
y las personas en medio de las que vivís. Nadie elige el
contexto ni a los destinatarios de su misión. Cada época
tiene sus problemas, pero Dios da en cada tiempo la
gracia oportuna para asumirlos y superarlos con amor y
realismo. Por eso, en cualquier circunstancia en la que
se halle, y por dura que esta sea, el sacerdote ha de
fructificar en toda clase de obras buenas, guardando
para ello siempre vivas en su interior las palabras del
día de su Ordenación, aquellas con las que se le exhortaba
a configurar su vida con el misterio de la cruz del
Señor.
Configurarse con Cristo comporta, queridos seminaristas,
identificarse cada vez más con Aquel que se ha
hecho por nosotros siervo, sacerdote y víctima. Configurarse
con Él es, en realidad, la tarea en la que el sacerdote
ha de gastar toda su vida. Ya sabemos que nos
sobrepasa y no lograremos cumplirla plenamente, pero,
como dice san Pablo, corremos hacia la meta esperando
alcanzarla (cf. Flp 3,12-14).
Pero Cristo, Sumo Sacerdote, es también el Buen
Pastor, que cuida de sus ovejas hasta dar la vida por
ellas (cf. Jn 10,11). Para imitar también en esto al Señor,
vuestro corazón ha de ir madurando en el Seminario,
estando totalmente a disposición del Maestro. Esta
disponibilidad, que es don del Espíritu Santo, es la que
inspira la decisión de vivir el celibato por el Reino de los
cielos, el desprendimiento de los bienes de la tierra, la
austeridad de vida y la obediencia sincera y sin disimulo.
Pedidle, pues, a Él, que os conceda imitarlo en su
caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los
alejados y pecadores, de forma que, con vuestra ayuda,
se conviertan y vuelvan al buen camino. Pedidle que os
enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los
pobres, con sencillez y generosidad. Afrontad este reto
sin complejos ni mediocridad, antes bien como una bella
forma de realizar la vida humana en gratuidad y en
servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros
de la altísima dignidad de la persona humana y,
por consiguiente, sus defensores incondicionales. Apoyados
en su amor, no os dejéis intimidar por un entorno
en el que se pretende excluir a Dios y en el que el poder,
el tener o el placer a menudo son los principales
criterios por los que se rige la existencia. Puede que os
menosprecien, como se suele hacer con quienes evocan
metas más altas o desenmascaran los ídolos ante
los que hoy muchos se postran. Será entonces cuando
una vida hondamente enraizada en Cristo se muestre
realmente como una novedad y atraiga con fuerza a
quienes de veras buscan a Dios, la verdad y la justicia.
Alentados por vuestros formadores, abrid vuestra
alma a la luz del Señor para ver si este camino, que
requiere valentía y autenticidad, es el vuestro, avanzando
hacia el sacerdocio solamente si estáis firmemente
persuadidos de que Dios os llama a ser sus ministros y
plenamente decididos a ejercerlo obedeciendo las disposiciones
de la Iglesia.
Con esa confianza, aprended de Aquel que se definió
a sí mismo como manso y humilde de corazón, despojándoos
para ello de todo deseo mundano, de manera
que no os busquéis a vosotros mismos, sino que con
vuestro comportamiento edifiquéis a vuestros hermanos,
como hizo el santo patrono del clero secular español,
san Juan de Ávila. Animados por su ejemplo, mirad,
sobre todo, a la Virgen María, Madre de los sacerdotes.
Ella sabrá forjar vuestra alma según el modelo de Cristo,
su divino Hijo, y os enseñará siempre a custodiar los
bienes que Él adquirió en el Calvario para la salvación
del mundo. Amén.

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