ENCUENTRO CON PROFESORES UNIVERSITARIOS JÓVENES EN EL ESCORIAL

19/Dic/2011 | Por | Categoría: JMJ 2011

Señor Cardenal Arzobispo de Madrid, Queridos
Hermanos en el Episcopado, Queridos Padres Agustinos,
Queridos Profesores y Profesoras, Distinguidas
Autoridades, Amigos todos:
Esperaba con ilusión este encuentro con vosotros,
jóvenes profesores de las universidades españolas, que
prestáis una espléndida colaboración en la difusión de la
verdad, en circunstancias no siempre fáciles. Os saludo
cordialmente y agradezco las amables palabras de
bienvenida, así como la música interpretada, que ha
resonado de forma maravillosa en este monasterio de
gran belleza artística, testimonio elocuente durante
siglos de una vida de oración y estudio. En este emblemático
lugar, razón y fe se han fundido armónicamente
en la austera piedra para modelar uno de los monumentos
más renombrados de España.
Saludo también con particular afecto a aquellos que
en estos días habéis participado en Ávila en el Congreso
Mundial de Universidades Católicas, bajo el lema:
“Identidad y misión de la Universidad Católica”.
Al estar entre vosotros, me vienen a la mente mis
primeros pasos como profesor en la Universidad de
Bonn. Cuando todavía se apreciaban las heridas de la
guerra y eran muchas las carencias materiales, todo lo
suplía la ilusión por una actividad apasionante, el trato
con colegas de las diversas disciplinas y el deseo de
responder a las inquietudes últimas y fundamentales de
los alumnos. Esta “universitas” que entonces viví, de
profesores y estudiantes que buscan juntos la verdad en
todos los saberes, o como diría Alfonso X el Sabio, ese
“ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y
entendimiento de aprender los saberes” (Siete Partidas,
partida II, tít. XXXI), clarifica el sentido y hasta la definición
de la Universidad.
En el lema de la presente Jornada Mundial de la Juventud:
“Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la
fe” (cf. Col 2, 7), podéis también encontrar luz para
comprender mejor vuestro ser y quehacer. En este sentido,
y como ya escribí en el Mensaje a los jóvenes
como preparación para estos días, los términos “arraigados,
edificados y firmes” apuntan a fundamentos
sólidos para la vida (cf. n. 2).
Pero, ¿dónde encontrarán los jóvenes esos puntos
de referencia en una sociedad quebradiza e inestable? A
veces se piensa que la misión de un profesor universitario
sea hoy exclusivamente la de formar profesionales
competentes y eficaces que satisfagan la demanda
laboral en cada preciso momento. También se dice que
lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura
es la mera capacitación técnica. Ciertamente, cunde en
la actualidad esa visión utilitarista de la educación, también
la universitaria, difundida especialmente desde
ámbitos extrauniversitarios. Sin embargo, vosotros que
habéis vivido como yo la Universidad, y que la vivís
ahora como docentes, sentís sin duda el anhelo de algo
más elevado que corresponda a todas las dimensiones
que constituyen al hombre. Sabemos que cuando la sola
utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como
criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas:
desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de
ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva
fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al
mero cálculo de poder. En cambio, la genuina idea de
Universidad es precisamente lo que nos preserva de
esa visión reduccionista y sesgada de lo humano.
En efecto, la Universidad ha sido, y está llamada a
ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de
la persona humana. Por ello, no es casualidad que fuera
la Iglesia quien promoviera la institución universitaria,
pues la fe cristiana nos habla de Cristo como el Logos
por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), y del ser humano
creado a imagen y semejanza de Dios. Esta buena
noticia descubre una racionalidad en todo lo creado y
contempla al hombre como una criatura que participa y
puede llegar a reconocer esa racionalidad. La Universidad
encarna, pues, un ideal que no debe desvirtuarse ni
por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos
a una lógica utilitarista de simple mercado, que
ve al hombre como mero consumidor.
He ahí vuestra importante y vital misión. Sois vosotros
quienes tenéis el honor y la responsabilidad de
transmitir ese ideal universitario: un ideal que habéis
recibido de vuestros mayores, muchos de ellos humildes
seguidores del Evangelio y que en cuanto tales se han
convertido en gigantes del espíritu. Debemos sentirnos
sus continuadores en una historia bien distinta de la
suya, pero en la que las cuestiones esenciales del ser
humano siguen reclamando nuestra atención e impulsándonos
hacia adelante. Con ellos nos sentimos
unidos a esa cadena de hombres y mujeres que se han
entregado a proponer y acreditar la fe ante la inteligencia
de los hombres. Y el modo de hacerlo no solo es
enseñarlo, sino vivirlo, encarnarlo, como también el
Logos se encarnó para poner su morada entre nosotros.
En este sentido, los jóvenes necesitan auténticos maestros;
personas abiertas a la verdad total en las diferentes
ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su
propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas
convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de
avanzar en el camino hacia la verdad. La juventud es
tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro con
la verdad. Como ya dijo Platón: “Busca la verdad mientras
eres joven, pues si no lo haces, después se te escapará
de entre las manos” (Parménides, 135d). Esta
alta aspiración es la más valiosa que podéis transmitir
personal y vitalmente a vuestros estudiantes, y no simplemente
unas técnicas instrumentales y anónimas, o
unos datos fríos, usados sólo funcionalmente.
Por tanto, os animo encarecidamente a no perder
nunca dicha sensibilidad e ilusión por la verdad; a no
olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación
de contenidos, sino una formación de jóvenes a
quienes habéis de comprender y querer, en quienes
debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo
profundo y ese afán de superación. Sed para ellos estímulo
y fortaleza.
Para esto, es preciso tener en cuenta, en primer lugar,
que el camino hacia la verdad completa compromete
también al ser humano por entero: es un camino de la
inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos
avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve
el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos
racionalidad: pues “no existe la inteligencia y después el
amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia
llena de amor” (Caritas in veritate, n. 30). Si verdad y
bien están unidos, también lo están conocimiento y
amor. De esta unidad deriva la coherencia de vida y
pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen
educador.
En segundo lugar, hay que considerar que la verdad
misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance.
Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos
poseerla del todo: más bien, es ella la que nos
posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio
intelectual y docente, la humildad es asimismo una
virtud indispensable, que protege de la vanidad que
cierra el acceso a la verdad. No debemos atraer a los
estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia
esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el
Señor, que os propone ser sencillos y eficaces como la
sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido (cf. Mt
5,13-15).
Todo esto nos invita a volver siempre la mirada a
Cristo, en cuyo rostro resplandece la Verdad que nos
ilumina, pero que también es el Camino que lleva a la
plenitud perdurable, siendo Caminante junto a nosotros
y sosteniéndonos con su amor. Arraigados en Él, seréis
buenos guías de nuestros jóvenes. Con esa esperanza,
os pongo bajo el amparo de la Virgen María, Trono de la
Sabiduría, para que Ella os haga colaboradores de su
Hijo con una vida colmada de sentido para vosotros
mismos y fecunda en frutos, tanto de conocimiento como
de fe, para vuestros alumnos. Muchas gracias.

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