¿HAY UNIVERSIDADES? por José J. Escandell. Cátedra Santo Tomás.

5/Mar/2010 | Por MJ | Categoría: Opinión

Por aquello de que educar contiene siempre un transmitir conocimientos, se trata de una palabra enormemente vaga y amplia. Tan educar es enseñar metafísica en un centro de excelencia que enseñar a caminar a un bebé, enseñar a soldar cables de un circuito eléctrico que enseñar a apreciar las raíces de Occidente. Tanto lo que hace un padre con sus hijos como lo que hace un profesor en una escuela de negocios. Como si todas esas cosas fueran iguales por completo: es claro que tienen aquel factor común, mas asimismo es verdad también que tienen en común que no lo tienen todo en común y se distinguen de manera rotunda y nítida.

Valga todo ello como preparación para entrar en el asunto al que quiero referirme ahora. Porque es de suma importancia distinguir dónde se encuentra uno en cada ocasión. En la escuela inicial se trata de que los niños comiencen a despertar al mundo y los maestros (a quienes no se les retribuye el altísimo honor que merecen) son apéndices de los padres y vicarios suyos. En la enseñanza primaria hay que espabilar a los estudiantes y ayudarles a encontrar sus personales caminos en la vida. En el bachillerato se prologa la universidad y, como en una aproximación, se pone ante su mirada el océano inmenso de las variadísimas ciencias, de las artes y las técnicas. Si existiera una formación profesional, los alumnos aprenderían oficios honrados y necesarios.

La universidad es la meca del saber. Por eso no hay quien entienda que el poder político la controle. En el orden del conocimiento, no hay autoridad superior a la Universidad. Lo que seguramente pasa es que algunos universitarios han pasado de interesarse por el saber a interesarse por el dinero o, sobre todo, por el poder y la fama. Hay universitarios vedette, más preocupados por su imagen, sus derechos de autor y sus patentes que por el desinteresado amor al conocimiento. Estas cosas son ya puro romanticismo para muchos. Otros, desanimados y solos, deambulan por los pasillos de las facultades como almas en pena.

Pero en la universidad que es «como Dios manda», el profesor decente se ocupa de otras cosas. Se ocupa del saber. El universitario es un monje del conocimiento. Y los alumnos llegan a su lado para, cogidos de su mano, iniciar el ascenso por la montaña del saber. Que no se trata de crear mentalidades, ni de educar para la ciudadanía, ni de agitar las conciencias. Sino de ir más al fondo, para los espíritus verdaderamente fuertes y magnánimos. En el fondo está la ciencia. La universidad es el templo de la ciencia. Hacia ella han de mirar todos, maestros y discípulos, profesores y alumnos, para mantener viva la universidad.

Todo esto es un bello sueño. Ahora apenas hay universidades. Los profesores, como tantos hoy, se encuentran, como mínimo, desorientados; los hay ignorantes, muy ignorantes y doctorados en ignorancia. Los alumnos, infantilizados. Buen panorama tenemos por delante.

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