LOS PROFESORES por José J. Escandell. Cátedra Santo Tomás
23/Feb/2010 | Por MJ | Categoría: OpiniónEn medio de la escalofriante crisis del mundo occidental, en la cual la de España es especialmente intensa, viene bien hablar de un personaje olvidado: el profesor. Es interesante fijarse primero en esto, en que del profesor no se habla. Naturalmente, esta observación supone otra, más elemental y, en el fondo, espantosa, que es la del descuido y desinterés que hay hacia la educación. Bien es verdad que hay mucho hablar sobre la educación, pero reconozcamos que ese hablar no es serio cuando sucede que, a la hora de votar en las elecciones, casi nadie se preocupa por lo que sobre el educar piensan los diversos partidos políticos. En consecuencia, sobre la base de la escasa importancia real que se reconoce a la educación, aún se reconoce menos importancia al profesor.
La moda es poner al alumno en el centro de la mirada. No es sólo la nueva legislación la que ha colocado al estudiante en el puesto central. Es cosa que venía sucediendo en toda la educación occidental desde antiguo, quizás desde los años sesenta, como mínimo. Y no sólo sucede esto en la enseñanza primaria y secundaria, sino también, y muy intensamente, en la Universidad. Puede concederse que en la primaria pueda la educación estar más focalizada hacia el alumno, pero no se entiende bien cómo eso mismo luego siga sucediendo en la Universidad, en donde lo significativo y esencial debería ser el saber, no el alumno, que ya es mayorcito. Quizás se pueda llamar a esto «paidocentrismo». Es un error como un piano, aunque es un error demagógico y sumamente útil. Porque, so capa de cuidado y atención, lo que se hace por lo general es condescender con todos los caprichos e inmadureces de los alumnos, lo cual es el punto de partida para el control social.
Claro que, cuando no hay «paidocentrismo» hay, como para compensar, «padrescentrismo»; o las dos cosas a la vez. Está muy extendida también la idea de que los padres, como primeros educadores de los hijos, tienen la suprema autoridad en los colegios, y hasta en las Universidades. En el peor de los casos, porque son los que pagan los recibos… Hemos llegado al extremo de que, en la mismísima Universidad, los propios padres piden entrevistas con los profesores de sus hijos.
Los profesores tienen, en la enseñanza primaria y media, una dependencia esencial respecto de la autoridad de los padres. Han de ser entonces colaboradores de la tarea doméstica. Sin embargo, no acaba ahí lo propio del profesor, ni siquiera en las etapas primeras de la educación. El profesor es también profesor por sí mismo, en virtud de su propia función, y esto se va incrementando a medida que se trata de niveles educativos superiores, de tal modo que su autoridad, inicialmente derivada de la de los padres, va creciendo en autonomía. En el ápice, el profesor universitario es tan sólo formador por sí mismo, como padre espiritual de sus alumnos en la ciencia que les enseñan.
Para que las cosas hayan llegado al extremo de encontrarse el profesor postrado en su ánimo y extraviado en el sentido de su tarea se han concertado numerosas causas y condicionamientos. Enumeraré algunas, sin ánimo de completar el mapa de la situación. En primer lugar, el propio profesor de este tiempo, que en muchas ocasiones ha perdido la idea de su función. Se ha convertido a veces en un «profesional de la enseñanza», que cobra un «sueldo» con el que mantenerse a sí mismo y a su familia. Sin implicación personal en lo que hace en el aula, con un conocimiento superficial del saber que enseña, sin afecto real y profundo a sus alumnos. Sin duda, a ello le han empujado otros factores de la situación, pero asimismo es cierto que aquellos factores han tenido éxito porque, en general, el profesorado lo ha permitido.
En segundo lugar, las estructuras educativas han aplastado al profesor. De ellas, la primera y principal culpable de la crisis del profesorado es el Estado, gran manipulador de la educación. Como si los profesores fueran elásticos como una goma, las sucesivas normativas educativas han obligado a los profesores a realizar su tarea -la tarea que siempre han sabido hacer, cada uno a su manera- sobre la base de unos procedimientos pedagógicos y burocráticos insufribles, pero sobre todo con vistas a unas metas imposibles. Cuando el Estado y sus sesudos pedagogos han querido que se bailara rock en las aulas, todos han bailado rock; cuando, al poco tiempo, decidió pasarse al vals, todos cambiaron el paso, para enseguida empalmar con la jota aragonesa o el foxtrot, y no se sabe qué tocará hacer mañana.
La segunda estructura que aplasta al profesor son las direcciones de los centros, sean públicos o privados. Hablando en general, cabe decir, que las direcciones educativas, respecto de los profesores, se interesan sobre todo por que no causen problemas. Y que un profesor no cause problemas consiste en que los padres no protesten y en que la inspección educativa esté satisfecha. Para que los padres no protesten tiene que haber un orden soportable en las clases, una condescendencia suficiente con los caprichos de los alumnos y unas calificaciones admisibles (en selectividad, sobre todo, si es el caso). Si se enseña o no, es cosa secundaria. Como también lo es cuántas horas de clase haya que dar, cuáles sean los sueldos o en qué condiciones materiales haya que trabajar en el centro.
Se da por supuesto que un centro educativo es, como cualquier empresa, una organización piramidal, en cuya cúspide está el director, o el rector, o el decano, o el coordinador, y debajo, como los obreros, los profesores. Naturalmente, la verdad esencial de las cosas es, en este caso, la inversa: todo debería girar alrededor de la vida en el aula, en la cual quien enseña es el profesor y quien aprende es el alumno. El eslabón más débil en la compleja estructura educativa es, hoy día, el profesor. Por eso, aun los profesores vocacionales y entregados están, en el fondo, deseando alcanzar la jubilación. Apenas nadie se preocupa por hacer que el trabajo del aula se realice en las condiciones adecuadas y por que se tenga hacia el profesor el respeto debido.
Hay, en tercer lugar, la insoportable retórica pedagógica. En realidad, nadie sabe para qué educamos. Con el sistema educativo se trata de años de estabulación, primero forzosa y después voluntaria, en la que lo interesante de verdad es que los alumnos estén entretenidos. Incluso en la Universidad. Pues bien: la mejora real de la enseñanza ha de comenzar por el cuidado del profesorado en todas sus dimensiones.