PARA ACABAR CON EL MAL MENOR por José J. Escandell. Cátedra Santo Tomás

31/Dic/2009 | Por | Categoría: Opinión

Termina un año que, en su conjunto, ha sido malo. Cada cual habrá tenido sus particulares gozos y pesares mezclados en proporciones muy variadas. En lo que se refiere a la marcha general de la humanidad, no hace falta mucha perspicacia para comprobar que el avance del secularismo ha sido amplio. Claro que siempre quedan los optimistas profesionales que, o se agarran a un geométrico balance en equilibrio por principio entre satisfacciones y frustraciones, o se refugian en la triste constatación de que, al menos, seguimos vivos. Por supuesto, hay que descontar en estas consideraciones a los promotores del secularismo, que seguramente disfrutan de su magnífica posición.

Es pertinente referirse al secularismo como eje de la altura de los tiempos. No es la crisis económica lo que determina el tono y valor de los hombres, sino su textura moral. «Secularismo» es un nombre, aunque algo apocado, para designar la contemporánea modalidad de Ciudad de los Hombres, polo opuesto de la Ciudad de Dios. En España es más que evidente el clima de predominio secularista. Marchan de triunfo en triunfo, sólo frenados en alguna medida por su propia precipitación.

El avance secularista implica un incremento de la dificultad para cumplir la voluntad de Dios. El triunfo completo del secularismo consistirá (si llega) en la proscripción de la moralidad. El secularismo no puede desarrollarse junto a su opuesto, sino que tiende a ocupar todo el espacio social e histórico. Lo mismo, por cierto, que su contrario, el «teofilismo» o, más exactamente, el cristianismo. No es posible la «alianza de civilizaciones». La lucha es por la conquista total, y la derrota es la extinción.

Hay de todos modos la pretensión de una tercera vía. En el escenario quiere tener protagonismo un cierto bondadosismo «centrista», pero no es en realidad sino un secreto instrumento secularista. El ideal de la transición política española pareció consistir en hacer posible la convivencia pacífica de secularismo y cristianismo, y es ese ideal el que parece pervivir en el centrismo. Ahora bien, ese ideal no es posible (y el secularismo lo sabe perfectamente). La paz no se conseguirá a base de rebajar las pretensiones de unos y de otros y de construir un terreno común de convicciones básicas. No se puede conseguir por ese camino, y ello sencillamente porque ese terreno común no existe ni puede existir. No hay ética de mínimos, ni éticas laicas, ni religiones universales. El democratismo tolerantista de quienes quieren mantener los principios cristianos en el marco de un juego controlado por el secularismo es utópico, en el más estricto sentido de la palabra.

De entrada, la actitud centrada, sedicente equilibrada, dialogante y abierta, tiene la obligación de reducir todas las posturas en litigio a sus posiciones esenciales, mínimas. Esto, en lo que se refiere al cristianismo, ha venido a reflejarse principalmente en la casi universal aplicación del principio del «mal menor». Por esta vía, los cristianos españoles hemos aceptado el divorcio, el aborto, etc. El resultado evidente es que siempre se ha logrado el mal, y eso de que sea el «menor» tan sólo es el resignado consuelo del derrotado.

Es hora de levantar la mirada. Es hora de despertar la conciencia adormilada y hacerle saber que el bien es posible, tiene que ser posible. Que la historia (que es la historia de la salvación) se hace con el heroico compromiso de defender el bien, comenzando precisamente por el Bien, que es Dios. Acogotado en el angosto ámbito lóbrego del mal menor, siempre el mal menor, el hombre de bien ha de soltar sus ataduras ahora, en este nuevo año. Busquemos el Bien con entrega esforzada y permanente.

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