Hacer familia, invertir en solidaridad

por Ramiro Pellitero es profesor de Teología Pastoral

Benedicto XVI promueve hacer familia, que es invertir en solidaridad. Los primeros cristianos lo hacían a su manera: celebraban la Eucaristía y luego tenían una comida. La liturgia les llevaba al compromiso (en la caridad y en la justicia). Y es que la Eucaristía reclama el amor; el amor y la justicia reclaman al mismo tiempo la Eucaristía; desde la Eucaristía el cristiano se compromete a la vez con Dios y con el mundo. La Eucaristía es, por eso, semilla para hacer familia en el mundo. Veámoslo más despacio.
1. La Eucaristía reclama la coherencia del amor. No podemos compartir ese “pan divino” cotidiano, si no estamos dispuestos a compartir el pan humano de cada día y, por tanto, trabajar por un orden justo y fraternal en el mundo, atendiendo especialmente a los pobres, a los enfermos, a los más necesitados.
Sin el amor, decía Juan Pablo II, el mensaje del Evangelio podría perderse en “el mar de las palabras”. Según Teresa de Calcuta, la principal razón de la increencia es que a menudo los cristianos no somos coherentes. Y Josemaría Escrivá hablaba de los pobres como del mejor “libro espiritual”, el motivo principal para la oración y la compasión.
En la encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est, la caridad se pone al mismo nivel que la fe y el culto de los sacramentos; y se recuerda cómo los primeros cristianos tenían todo en común y repartían los bienes según las necesidades.
Esto hay que enseñarlo y vivirlo en las familias y desde las familias.


2. El amor y la justicia reclaman al mismo tiempo la Eucaristía. Como también Benedicto XVI ha señalado en su encíclica, para el cristiano resulta incoherente un servicio meramente filantrópico. Es la vida nueva de Cristo desde la Eucaristía la que el cristiano se compromete a extender, con el amor y la justicia, en su propia vida y en la del mundo.
De nuevo leemos en Teresa de Calcuta: “Si no somos capaces de ver a Cristo en el pan, tampoco lo descubriremos bajo la humilde apariencia de los demacrados cuerpos de los pobres”. Y a la vez vuelve a recordar: “Nuestra Eucaristía está incompleta si no nos lleva a servir y amar a los pobres”. Podría ser una celebración narcisista y fragmentaria, insuficiente e incluso indigna.
El amor, enseñaba Juan Pablo II, es el único y definitivo criterio por el que deben juzgarse todos los actos de la vida cristiana y eclesial, que dan gloria a Dios precisamente haciendo plena la solidaridad entre los hombres: “A Dios le conocemos -escribió Dorothy Day- en el acto de partir el pan, y unos a otros nos conocemos en el acto de partir el pan, y ya nunca más estamos solos”. Hacer familia es solidaridad.
3. Como consecuencia de la Eucaristía, cabe distinguir dos formas complementarias del compromiso cristiano en el mundo. En primer lugar, las “obras de misericordia”, espirituales y corporales, que resumen la atención inmediata a los más necesitados, y que la Iglesia ha impulsado desde el principio. En segundo lugar, la transformación “efectiva” de las estructuras sociales, sirviendo también especialmente a los más necesitados.
Esto debería comenzar en cada familia, donde las personas importan por lo que son, y no por lo que tienen, y desde la familia: porque el cambio más radical en las estructuras sociales es hacer familia de la sociedad. Lograrlo exigiría una masiva inversión en la solidaridad.
Jóvenes de todo el mundo captan esta necesidad cuando se sienten atraídos por el voluntariado. Toda inversión en voluntariado es un servicio y una ayuda a los demás que produce una rentabilidad creciente en el inversor.
El voluntariado es un camino de sensibilidad, humana y cristiana. Es un camino que abre a los intereses sociales culturales y apostólicos, dinamizando la personalidad de los jóvenes que lo recorren. Es así el gran medio para superar el escepticismo y el aburrimiento existencial que muchos otros intentan matar con la bebida o la droga. Es también un camino para sembrar inquietudes, que pueden cuajar en un trabajo profesional cualificado especialmente para cuidar de los más débiles. Es un semillero de las vocaciones que necesita la Iglesia. Es, en todo caso, una escuela que requiere “líderes” específicos, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil, a nivel local, nacional e internacional. Líderes que hay que buscar y preparar.
La familia es el núcleo y la primera escuela de la solidaridad. En torno al amor de los esposos se edifica la convivencia entre ellos y los hijos, también con los abuelos, como ámbito privilegiado para atender y compartir intereses, alegrías y enfermedades. También como parte de la familia de Dios, las parroquias y los grupos eclesiales deberían garantizar su inversión en solidaridad. Es decir, crear espacios donde todos, y especialmente los jóvenes, puedan “aprender haciendo”, creyentes junto con no creyentes, poniendo ese grano de trigo que muere a sí mismo para dar fruto. Así se promocionaría una cultura del amor y una economía diferente, guiada no por el provecho de unos pocos, sino por las necesidades de todos. Así se mostraría con un rostro renovado la humanidad en nuestra época. Y destacaría cada vez más la autenticidad (y por tanto la credibilidad) del cristianismo. Benedicto XVI está impulsando esta inversión en solidaridad, este hacer familia.

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